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El caso del Dr. González. Por el Dr. Ángel Machado

La muerte violenta del colega Dr. González, por la forma y el lugar donde se produjo, ha causado una profunda conmoción en nuestra ciudad, trascendiendo más allá de nuestra geografía. Desde luego que la conmoción mayor lo fue en el ámbito de los abogados.-

Lo cierto es que a partir de este hecho, se han suscitado una cantidad infinita de comentarios nada elogiosos para quienes ejercemos la profesión de abogado; basta hacer una recorrida por los medios para verificar esta profusión de denuestos.-

Precisamente es esto lo que dispara una serie de reflexiones, o mejor dicho, invitaciones a reflexionar sobre nuestra profesión. En primer lugar, la sentida muerte de un colega no debe ser motivo para que nos coloquemos en calidad víctimas. Es cierto que fue un hecho desgraciado y repudiable, como lo fue en su momento el ataque que sufriera el Dr. Garay; la diferencia entre uno y otro caso está dada por la circunstancia que a González lo ataca su propio cliente, mientras que en el caso de Garay, lo fue su contraparte.-

Como dijimos, esto no nos debe llevar a considerarnos víctimas. Como auxiliares de la justicia, sabemos que hay otros servidores de la ley que sufren con frecuencia casi diaria la violencia: los policías. En otras palabras, este hecho maldito, no nos habilita para peticionar una protección especial.-

En todo caso, corresponde que éste y otros hechos semejantes, se inscriban en el marco de una absurda violencia que desde ya hace un buen tiempo atraviesa en sus distintos niveles a nuestra sociedad. Este cuadro de violencia nos debe llevar a levantar la vista y pensar el porqué de esta realidad; nos debe impeler a tener una mirada más abarcativa, que trascienda el conflicto que nos toca atender.-

Tenemos conciencia de que muchos llevamos con orgullo el título y la profesión de abogados, y en el rol de auxiliares de la justicia tratamos de aportar nuestro conocimiento para la solución de los diferendos que llegan a los estrados judiciales. En ese quehacer no puede haber distracciones en el respeto irrestricto a las normas éticas que deben guiar nuestros pasos.-

Sólo actuando con lealtad a los intereses confiados; con respeto a la persona;  trabajando con dignidad y sin trampas, podremos recuperar la consideración de los ciudadanos que creen que nuestra profesión, es un instrumento para la farsa y el engaño.-

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